06/08/2026 Transfiguración del Señor (Mt 17, 1-9)
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Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.
Seis días más tarde de haber anunciado a los discípulos su pasión, muerte y resurrección, y de haber presentado las exigentes condiciones del discipulado.
Los llevó aparte; pero solo a tres de ellos. Lo de subir al monte es cosa de unos pocos privilegiados; los que Él quiere. Los elegidos no podremos menos que intentar hacer partícipes de nuestro privilegio a otros muchos.
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí!
Hacemos nuestras las palabras de Pedro. Pronto comprendemos que no puede ser el quedarnos siempre en la montaña. Que no debemos buscarnos a nosotros mismos en nuestra relación con Jesús. Que la experiencia de Dios deja de serlo cuando olvidamos a los hermanos. La experiencia de transfiguración es grandiosa, pero breve. El discípulo no puede instalarse en esa experiencia de luz y de gloria. Hay que bajar pronto del monte; hay que vivir de manera nueva lo cotidiano.
De la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle.
Son las mismas palabras que salieron de la nube cuando Jesús fue bautizado (Mt 3, 17). Solamente que ahora añade: Escuchadle. Son las palabras más importantes de la escena. Y esa es la más importante tarea de todo discípulo: escucharle. Escucharle en el Evangelio, escucharle en las personas cercanas, escucharle en los sucesos grandes y pequeños de la vida diaria.
Jesús transfigurado sobre el monte Tabor, quiso mostrar a sus discípulos su gloria, no para evitarles pasar a través de la cruz, sino para indicar a dónde lleva la cruz (Papa Francisco).
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