07/02/2025 Viernes 4º (Mc 6, 14-29)
- Angel Santesteban
- 6 feb
- 2 Min. de lectura
Herodes, al oírlo, decía: Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.
La popularidad de Jesús ha crecido, y su fama llega a oídos del gobernador de Perea y Galilea Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande. Sacudido por su mala conciencia por haber asesinado a Juan Bautista, Herodes llega a pensar que Jesús es el Bautista resucitado.
Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates.
No es difícil recrear esta escena palaciega con su ambiente decadente y corrupto. Tampoco es difícil aplicarla a nuestros tiempos con personajes que aprovechan las ambiciones de los poderosos de turno para conseguir sus fines. Pero mejor fijar la atención en la muerte del Bautista.
Mandó el rey a uno de su guardia con orden de traerle la cabeza de Juan. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.
La muerte del Bautista fue ignominiosa. ¡Tan injusta y en tan gran soledad! ¿Cómo me gustaría que fuese la mía? Debería ser, como lo fue para Jesús, el momento de la suprema confianza y abandono; el momento de decir serenamente: Padre, en tus manos pongo mi espíritu (Lc 23, 46).
Que la fe pueda darme serenidad ante la muerte por la certeza de ir con Jesús a la plenitud de ABBÁ: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman (1 Cor 2, 9).
Que la fe sea capaz de hacerme vivir el deterioro y la destrucción del cuerpo como una transfiguración; como el acercamiento a la plenitud del encuentro con el Señor. Tal como vio Eliseo la muerte de su maestro Elías, que fue arrebatado por alas de amor y caballos de fuego.
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