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07/03/2024 Jueves 3º de Cuaresma (Lc 11, 14-23)

  • 6 mar 2024
  • 2 Min. de lectura

Estaba echando un demonio que era mudo. Cuando salió el demonio, habló el mudo; y la multitud se admiró.

En el Evangelio de Mateo se trata de un endemoniado ciego y mudo (Mt 12, 22). Importa poco porque en ambos casos la curación de este hombre sirve de introducción a un nuevo enfrentamiento entre Jesús y sus adversarios. Para la gente sencilla el milagro es motivo de admiración; para los listos de turno es motivo de escándalo: Expulsa los demonios con el poder de Belcebú, jefe de los demonios. Son los que alardean de inteligentes y llegan a condicionar la opinión pública; lo ven todo en blanco y negro, sin grises ni colores alegres.

Es un despropósito rechazar lo que no podemos captar con los sentidos o explicar con la razón. Por eso que lo más radicalmente se opone al orgullo humano no es la humildad, sino la fe. A lo largo de las páginas de los Evangelios vemos cómo Jesús expulsa a diferentes clases de demonios, pero nunca al demonio de la soberbia tan sólidamente atrincherado en los enemigos de Jesús; es el más fuerte de todos los demonios. Ante enemigo tan fuerte, el Señor echa mano de ataques contundentes.

Si llega uno más fuerte y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus bienes.

Fuerte era el demonio de la soberbia en el fariseo Saulo; pero más fuerte fue quien le derrumbó en el camino de Damasco. Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que ha llegado a vosotros el reinado de Dios. El mal, el pecado, todo demonio, son definitivamente vencidos desde la cruz: Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 33).

 
 
 

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