07/03/2026 Sábado 2º de Cuaresma (Lc 15, 1-3; 11-32)
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Un hombre tenía dos hijos.
Es la última de las tres parábolas de la misericordia. Cuando leemos una, tengamos en cuenta las otras dos. Por dos razones. La primera razón, porque hay algo diferente en las tres. Algo inerte, como una moneda, se pierde porque depende de la ley de la gravedad. Algo vivo, como una oveja, tiene autonomía, pero le pierde el instinto. Algo libre, como un ser humano, se pierde porque…vendido al poder del pecado (Rm 7, 14). La segunda razón, porque hay cosas idénticas en las tres parábolas: insistencia en la búsqueda, perseverancia en la espera, y alegría en el encuentro.
Un hombre tenía dos hijos.
La llamamos parábola del hijo pródigo. Mejor llamarla parábola del padre bueno. Padre bueno que con pena ve partir al hijo. Padre bueno que nunca olvida y siempre espera el regreso. Padre bueno que, cuando le ve venir, se conmueve y corre a abrazarle. Padre bueno que interrumpe la confesión del hijo para ahorrarle más humillaciones. Padre bueno que no necesita disculpas para acoger al hijo. Padre bueno que no ve la necesidad de explicitar el perdón.
Un hombre tenía dos hijos.
La parábola va dirigida a los escribas y fariseos que murmuraban diciendo: Éste acoge a pecadores y come con ellos. Aquellos respetables señores quedarían desconcertados. Para ellos, Dios debe mantener su dignidad. Como escribe un autor actual, en ninguna parábola ha logrado Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana.
Contemplemos al padre bueno. Es la mejor manera de que los dos hijos que anidan en mí, el menor y el mayor, superen sus miserias y se sienten junto a su padre en la mesa del banquete.
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