07/07/2026 Martes 14 (Mt 9, 32-38)
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Expulsó al demonio, y el mudo comenzó a hablar.
Entonces los llamaban demonios; hoy los llamamos traumas, adicciones, trastornos mentales…; todo aquello que lesiona la vida, todo lo que encierra a la persona en sí misma, todo lo que impide una verdadera comunicación. La comunicación personal es uno de los dones más gratificantes del que gozamos los humanos. Pero es frecuente desconocerla. Son muchos los demonios que lo impiden. Esto es especialmente cierto en esta era de las pantallas.
Viendo la multitud se conmovió por ellos, porque andaban maltrechos y postrados, como ovejas sin pastor.
Se le va el corazón ante tanta carencia. No reacciona de forma negativa; menos aún, con amargura, con disgusto, con rechazo. Jesús se conmovería de la misma manera contemplando nuestra sociedad actual. Más allá de progresos materiales y tecnológicos, en el fondo somos idénticos a los hombres y mujeres de hace dos mil años. Tampoco los seguidores de Jesús debemos reaccionar de forma negativa ante tanto sinsentido, tanto vacío, tanta superficialidad. Ni ante tan dramáticos intentos de llenar vacíos con sucedáneos equivocados. No podemos situarnos ante la corrupción institucionalizada, o ante la juventud desorientada, con actitudes de jueces inmisericordes. Tenemos que compartir la actitud compasiva del Maestro.
Rogad al amo de la mies que envíe braceros a su mies.
Todos los que, sin mérito de nuestra parte, hemos sido liberados de demonios, no podemos menos que proclamarlo y comunicarlo, ante los hombres y ante Dios. Con la alabanza y el testimonio de vida. ¿Quizá también con la palabra? Para eso es necesaria una vocación especial. Vocación que se da en el sacerdocio, y en el del matrimonio. Todo creyente está llamado a ser un influencer universal con su fe y su oración.
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