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07/08/2022 Domingo 19 (Lc 12, 32-48)

  • 6 ago 2022
  • 2 Min. de lectura

Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Con el Evangelio de hoy Jesús intenta avisarnos del peligro que todos corremos de amodorrarnos; quiere que nunc abajemos la guardia. Para ello recurre a tres parábolas: la del esposo, la del ladrón y la del amo.

Para que nunca nos adormilemos es necesario poner atención a los pequeños detalles de cada día. Quizá son cosas que nadie tiene en cuenta, como tantos pequeños y escondidos actos de servicio con los que facilitamos la buena convivencia.

Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Saberse en posesión de un tesoro, proporciona unas energías tan fuertes que esa persona es incapaz de vivir adormilada. Pero, ¿cómo cerciorarme de si estoy en posesión del tesoro escondido del que Jesús habla en una de sus parábolas, o lo mío es un ilusorio espejismo? Para saberlo con certeza, tengo que responder con honestidad a la pregunta: ¿qué es lo que más valoro en la vida. Teniendo en cuenta que lo que más valora una persona en su vida es aquello que más ocupa su pensamiento, entonces me preguntaré qué es lo que más ocupa mi pensamiento. Si es el compromiso con mis prójimos, voy muy bien; si es el vivir instalado en una vida tranquila y cómoda, voy muy mal.

No cabe duda de que todos, pero especialmente los que vivimos la última etapa de la vida, corremos el riesgo de que nuestros viejos ideales se vayan apagando y caigamos en la mediocridad de la rutina y en la mezquindad de la indiferencia. Corremos peligro de vivir inspirados por las poco evangélicas palabras del ande yo caliente y ríase la gente.

Dichosos los criados a quienes el amo, al llegar, los encuentre velando. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y les irá sirviendo.

 
 
 

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