07/08/2026 Viernes 18 (Mt 16, 24-28)
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Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.
Pedro ha respondido bien a la pregunta: ¿Quién decís que soy yo? Pero no comprende el mesianismo de Jesús ni está dispuesto a aceptarle crucificado. Jesús se lo ha reprendido severamente: ¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios. Jesús, ahora, establece las normas del discipulado.
Quien quiera seguirme. Es decir, el seguimiento no es obligatorio. Pero quienes decidimos emprender su camino, tengamos claro que las normas son innegociables. Él dice: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí (Mt 10, 37). Y san Juan de la Cruz: Para venir del todo al Todo, has de dejarte del todo en todo. San Pablo, forzado al principio a seguir el camino de Jesús, luego manifestará su plena satisfacción: Todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo (Flp 3, 8).
Que se niegue a sí mismo. En los principios, solemos entender esto en clave de mortificaciones y renuncias. Más tarde lo entendemos de manera más profunda. Como santa Teresita: Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sí mismo y sin examinar demasiado los propios defectos. O, como diría san Juan de la Cruz, poniendo los ojos solo en Él. Seguir a Jesús significa renunciar a cualquier tipo de seguridad o certeza fiándonos únicamente de Él. Habrá momentos de desorientación, pero siempre quedará en el fondo un rescoldo de fe suficiente para reafirmarnos con san Pablo: Sé de quién me he fiado (2 Tim 1, 12).
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