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07/09/2025 Domingo 23 (Lc 14, 25-33)

  • 6 sept 2025
  • 2 min de lectura

Caminaba con Él mucha gente.

Caminaba. Hacia Jerusalén. Él, con la mente puesta en la cruz. La gente, soñando con la triunfal restauración del reino de David, como había dicho el ángel de la Anunciación: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (Lc 1, 32).

Volviéndose, les dijo: Si alguien acude a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.

A Jesús no le interesan las mareas humanas. No le importan las estadísticas. No busca aceptaciones baratas. Seguir a Jesús, ser cristiano, no puede ser cosa de inercia social o de viejas tradiciones. A Jesús le preocupan los entusiasmos populares. Prefiere unos pocos buenos seguidores, que muchos que viven un cristianismo descafeinado. Que eso es lo que hemos conseguido en nuestros viejos países de cristiandad. Hemos conseguido cristianos de cofradía que apenas pisan la iglesia. Hemos conseguido cristianos muy devotos de la Eucaristía o del Sagrado Corazón que no creen en el verdadero Jesús porque desconocen los Evangelios.

Para ser verdadero seguidor de Jesús es necesario saber orar. Es necesario saber contemplar e interiorizar la persona del Jesús de los Evangelios, hasta llegar a sentirnos seducidos por Él. No es posible ser verdadero seguidor de Jesús de oídas. No es posible ser verdadero cristiano por el solo hecho de haber nacido en un ambiente cristiano. Jesús tiene que ser siempre lo primero, lo absoluto. Antes que familia, amistades y la propia vida. Y lo grande será que esa radicalidad en el seguimiento redundará en bien de familia, de amistades y de la propia vida.

 

Con las dos parábolas del constructor de una torre y del rey que va a la guerra Jesús nos pide no hacer las cosas a medias. Una tarea a medio hacer es un fracaso. No podemos ser cristianos a media asta. Seamos, como dice Teresa de Ávila, cristianos con una muy determinada determinación.

 

 
 
 

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