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07/10/2025 Santa María del Rosario (Lc 10, 38-42)

  • 6 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

Una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María.

Marta y María. Como buenas hermanas, se quieren. Como buenas hermanas, tienen sus diferencias. Son temperamentos muy distintos. Mientras María se sienta tranquila a los pies de Jesús, Marta necesita moverse y desvivirse por complacer a los huéspedes. Jesús las quiere. También ellas le quieren a Jesús, cada una a su manera. Como dice santa Teresa, las dos hermanas, las dos maneras de amar a Jesús, han de andar juntas. Para el seguidor de Jesús, de nada sirve un misticismo vacío de servicio; tampoco sirve un servicio vacío de la experiencia de Dios.

Jesús acaba de ofrecernos la parábola del buen samaritano que concluye así: Vete y haz tú lo mismo. El evangelista ha decidido colocar precisamente aquí el episodio de las dos hermanas de Betania. Quiere decirnos que el seguidor de Jesús está supuesto a actuar como el buen samaritano, como Marta, pero sin olvidar que lo primero es lo primero, y que lo primero es: María ha elegido la mejor parte. Marta se sumerge tanto en su actividad que pierde toda perspectiva. Se coloca tan en el centro de la escena, que quiere dominar a su hermana y da órdenes incluso a Jesús.

 

Somos Marta cuando vivimos nerviosos y preocupados por la eficacia de nuestras tareas. Somos María cuando nos sentamos con sosiego a los pies del Señor para escuchar su palabra. ¿Quizá no se da todavía en mí el mejor equilibrio entre las dos hermanas? No debo preocuparme demasiado por esto; el Señor cuenta con el instrumento de la edad para conducirme, poco a poco, a una mejor comprensión y práctica de la única cosa necesaria.

 

 
 
 

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