08/07/2026 Miércoles 14 (Mt 10, 1-7)
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Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos, para expulsarlos y para sanar toda clase de enfermedades y dolencias.
La mayoría son pescadores; hombres rudos, poco preparados. Humanamente hablando, absolutamente incompetentes para la tarea que Jesús les encomienda. San Pablo escribe: Observad, hermanos, quiénes habéis sido llamados: no muchos sabios en lo humano, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes bien, Dios ha elegido los locos del mundo para humillar a los sabios (1 Cor 1, 27-28).
Y, sin embargo, les da poder sobre demonios y enfermedades, y les pide proclamar que el Reino de los Cielos está cerca. ¿Estará Jesús en sus cabales? Sus parientes sospechaban que se había vuelto loco (Mc 3, 21). Si quienes seguimos a Jesús hacemos pensar lo mismo a quienes no le siguen, será porque seguimos el camino del Maestro. Todos los agraciados con el don de la fe, debemos proclamar con nuestra vida la experiencia de lo vivido con Jesús: lo que hemos visto y oído (1 Jn 1, 3).
Jesús no ha esperado a tener un grupo de personas preparadas y cabales. Ellos no entendieron ni sus palabras ni su persona. Pero le seguían. Y el seguimiento hace que el seguidor, poco a poco, se asemeje cada vez más a Jesús. La confianza que Jesús deposita en ellos hace que aquellos pobres pescadores produzcan frutos por encima de sus posibilidades.
Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca.
¿Cómo hacemos esto ante una sociedad que pasa de todo? Francisco de Asís pedía esto a sus seguidores: Predicad el Evangelio y, si es necesario, recurrid a las palabras. No hay mejor predicación que el testimonio de una vida rebosante de plenitud, de entrega, de alegría.
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