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08/08/2025 Santo Domingo (Mt 16, 24-28)

  • 7 ago 2025
  • 2 Min. de lectura

Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

Negarme a mí mismo significa despreocuparme de lo mío, se cosa material o espiritual. Es requisito necesario para cumplir el mandamiento del amor. El tiempo empleado en ocuparme o preocuparme de lo mío, no lo empleo ocupándome o preocupándome de lo suyo. Los grandes amigos del Señor lo fueron porque así lo entendieron y así lo practicaron.

Como Pablo de Tarso: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Esta vida en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20).

Como Teresa de Ávila: ¡Quién tuviera palabras, Señor de mi alma, para dar a entender qué das a los que se fían de Vos, y qué pierden los que se quedan consigo mismos!

Como Juan de la Cruz: ¡Pon los ojos solo en Él!

Como Teresa de Lisieux: Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse a uno mismo y sin examinar demasiado los propios defectos.

Y el Papa Francisco: Gastar los propios talentos, las propias energías y el propio tiempo solo para salvarse, cuidarse y realizarse a sí mismo, conduce en realidad a perderse, es decir, a una existencia triste y estéril. Si, en cambio, vivimos para el Señor y configuramos nuestra vida sobre el amor, como hizo Jesús, podremos saborear la alegría auténtica, y nuestra vida no será estéril; será fecunda.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Perder la vida por Él significa perderla por cada hermano que encontramos en el diario vivir. Negarse a sí mismo es ganarse para los demás.

 
 
 

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