08/08/2026 Santo Domingo (Mt 17, 14-20)
- hace 2 horas
- 2 min de lectura
Señor, ten compasión de mi hijo que es epiléptico y sufre horriblemente. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han podido sanarlo.
Jesús y sus tres discípulos más cercanos acaban de gozar de unos momentos gloriosos en la montaña. Descienden al llano y encuentran de inmediato la pobre realidad de la vida diaria. En repetidas ocasiones, ha acusado a sus discípulos de falta de fe. Por ejemplo, en medio de la tormenta: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? (Mt 8, 26). Este milagro de hoy es una enseñanza sobre la fe. La fe auténtica, aunque pequeña como un grano de mostaza, participa del poder de Dios y es capaz de mover montañas; es decir, de hacernos capaces de amar.
Contemplando a este hombre que, angustiado por la enfermedad de su hijo se acerca a Jesús, descubrimos que, a mayor conciencia de nuestras impotencias, mayor la posibilidad de confiar en el Señor.
¡Qué generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros y aguantaros? Traédmelo acá.
Parece que Jesús se enfada con aquel hombre suplicante. No; Jesús se enfada con sus discípulos. Parece un enfado exagerado. Pero, ¿y si lo escuchamos como dirigido a nosotros? Porque también nosotros pecamos de poca fe y mucha incredulidad, ya que es muy pobre nuestra confianza en Dios.
Si vuestra fe fuera como la de un grano de mostaza, nada os sería imposible.
Tenemos fe, como la del grano de mostaza, cuando vivimos convencidos del amor ilimitado de Abbá. Cuando vemos que todo lo que sucede es para bien, especialmente lo que no lo parece. Cuando lo hacemos todo como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que todo depende del Señor.
Comentarios