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09/01/2022 Bautismo del Señor (Lc 3, 15-16; 21-22)

  • 8 ene 2022
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 9 ene 2022

Jesús se bautizó; y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma y se escuchó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto.

Dice el Evangelista que todo el pueblo se bautizaba. Jesús, solidario con el pueblo, también se bautiza. El Papa Francisco dice que en esta fiesta del Bautismo de Jesús, debemos recordar que Jesús vino para eliminar la distancia entre Dios y el hombre. Podría parecernos una traición o una falta de respeto, pero hacemos muy bien si olvidamos tantos piadosos intentos que, en nombre del honor debido a Dios, se empeñan en mantener las distancias entre nosotros y Dios con reverencias y ceremonias.

No es que Jesús necesite el bautismo de Juan. Juan lo sabe. El de Juan era un bautismo pequeño; invitaba a poner los ojos en uno mismo y recibir el perdón de los pecados. El de Jesús es un bautismo grandioso; bautismo de Espíritu Santo y fuego que invita a poner los ojos en el Dios-Amor. Un creyente no se conforma nunca con el bautismo del Bautista.

Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto.

En su bautismo, Jesús tuvo una experiencia que marcó un antes y un después en su vida. Adquirió plena conciencia de su misión, dejó la vida oculta de Nazaret y comenzó la vida pública por los caminos de Galilea. Desde esta experiencia vive una confianza ilimitada en Abbá; confianza que trata de inculcar a quienes le escuchan. Olvida las severas proclamas del Bautista y habla con parábolas que cautivan a las gentes de todo tiempo y lugar. Le apena la poca confianza de los discípulos, porque con una fe pobre no es posible disfrutar de abundancia de vida. Repite con frecuencia: No tengáis miedo. Confiad. Esto es lo esencial del cristiano; lo demás viene después.

San Pablo entendió esto perfectamente. Lo vivió y lo enseñó: No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor. Antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! (Rm 8, 15).

 
 
 

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