14/03/2026 Sábado 3º de Cuaresma (Lc 18, 9-14)
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A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.
Los dos personajes son de permanente actualidad. En los dos podemos vernos reflejados sin gran esfuerzo.
Soy cristiano fariseo cuando creo mucho en devociones y poco en Jesús. Así sucede cuando trato de ser bueno para salvarme, no siendo consciente de haber sido ya salvado. Así es cuando no acabo de entender que Jesús es el Salvador que me regala una salvación totalmente inmerecida.
Soy cristiano publicano cuando, gracias al pecado, llego a experimentar que es Él quien carga con mis pecados: Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y limpiarnos de todo delito (1 Jn 1, 9). Soy cristiano publicano cuando, gracias al pecado, entiendo que él nunca me va a dejar sin debilidades. Soy cristiano publicano cuando, como dice Pablo, llego a gloriarme en mis miserias para que habite en mí la fuerza de Cristo (2 Cor 12, 9). Soy cristiano publicano cuando acepto mis debilidades porque ellas mantendrán mi necesidad de permanecer en todo momento junto a Él. Santa Isabel de la Trinidad escribe: Aunque caiga frecuentemente conseguiré con mi fe plena de confianza que Él me levante. Tengo la certeza de que Él me perdonará y lo borrará todo con gran solicitud.
Quien se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado.
Jesús me está diciendo que la mejor manera de situarme ante Dios y ante los demás es la de la humildad. Pablo nos lo dice así: Nada hagáis por ambición o vanagloria, antes con humildad tened a los otros por mejores (Flp 2, 3).
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