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09/03/2025 Domingo 1º de Cuaresma (Lc 4, 1-13)

  • 8 mar 2025
  • 2 Min. de lectura

Jesús, lleno de Espíritu Santo, se alejó del Jordán y se dejó llevar por el Espíritu al desierto.

El desierto es el espacio del silencio; espacio necesario para el encuentro y el mejor conocimiento de Dios y de uno mismo. Primero, de Dios. Porque el mejor conocimiento de uno mismo es de quien tiene un mejor conocimiento de Dios. Desde ahí, como dice san Pablo, alcanzamos la plenitud en Él (Col 2, 9).

Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

Las tentaciones de Jesús no son de orden moral; tratan de socavar la actitud fundamental de su vida y de su misión. Tratan de hacer que use a Dios en beneficio propio. Son tentaciones siempre presentes en nosotros, los cristianos de bien. Son tentaciones siempre presentes también en nuestra Iglesia. Sería una pena que no supiésemos aprovechar este momento histórico y providencial de pérdida de poder y de influencia social; sería una pena que continuásemos empeñados en recuperar en nombre de Dios el prestigio de tiempos pasados.

Concluida la prueba, el diablo se alejó de Él hasta otra ocasión.

Hasta otra ocasión. Las ocasiones fueron muchas. La tentación del poder, del prestigio, de un mesianismo triunfalista, estuvo presente a lo largo de su vida, hasta crear a veces en Él fuertes tensiones. Como cuando, tras anunciar su pasión y muerte, Pedro le increpó y Jesús reaccionó con violencia: ¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios (Mt 16, 23). La tentación le acompañará hasta la cruz: Que baje ahora de la cruz y creeremos en Él (Mt 27, 42).

Como vemos en Jesús, la tentación puede esconderse detrás de caras amigas y de palabras amables. Nos es necesaria la luz de la Palabra de Dios para discernir y superar la tentación. Jesús nos enseña a hacerlo recurriendo siempre a las Escrituras. Pedimos al Padre que no nos deje caer en la tentación. Que no nos deje caer en la tentación del prestigio, del poder, del elitismo,  del abandono de los más débiles.

 
 
 

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