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09/03/2026 Lunes 3º de Cuaresma (Lc 4, 24-30)

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Os aseguro que ningún profeta es aceptado en su patria.

Creemos más fácilmente a personas desconocidas que a quienes conocemos bien. Pensamos que los más cercanos no pueden ser instrumentos adecuados para Dios. Y esto porque, como sucedía a los paisanos de Jesús, asociamos a Dios con lo extraordinario. A pesar de nuestra aparente familiaridad con Jesús, no hemos llegado a entender que Dios sale a nuestro encuentro en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo humilde. La higuera estéril que es el corazón humano, llega a ser fecunda a base de cosas tan prosaicas como el tiempo y el estiércol (Lc 13, 8).

La búsqueda de señales extraordinarias, el milagrismo, entorpece la fe y alimenta una piedad infantil y egocéntrica; es una forma de incredulidad. ¿No sufriremos también nosotros de la incredulidad que sufrían los nazarenos?

Muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno fue sanado, sino Naamán el sirio.

Los judíos creían tener la exclusiva de Dios. Pensaban que los pueblos debían acudir a ellos, no ellos a los pueblos. Esta mentalidad se da también entre nosotros, los habituados a vivir con Él; los que presumimos de tratarle con familiaridad, pero cerramos puertas a lo novedoso, a las cosas mayores de las que habló a Natanael (Jn 1, 50). Nos anclamos en el pasado y perdemos el deseo de buscar, de escuchar, de ponernos al día. Anquilosados e instalados, nos abotargamos y perdemos agilidad para seguirle por el camino. Practicamos un cristianismo de templo y sacristía y esperamos que la gente venga a nosotros, cuando lo nuestro sería el salir afuera, a las periferias: Id por todo el mundo (Mc 16, 15).

 

Contemplamos a Jesús que, pasando por medio de ellos, se marchó.

 
 
 

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