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09/06/2021 Miércoles 10 t.o. (Mt 5, 17-19)

  • 8 jun 2021
  • 2 Min. de lectura

No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.

Los dirigentes judíos sí piensan que Jesús es un peligro para su religión. Están en lo cierto. Con Jesús se acaba la religión centrada en la ley, y comienza la religión centrada en su propia persona. En Jesús, la Ley y los Profetas alcanzan su pleno cumplimiento, su plenitud.

La plenitud de la ley es el amor. Un amor que no consiste en sentimientos o palabras, sino en obras. La más grande, la de dar la vida por los que amamos. Exactamente como hizo Él. Pero no pensemos que el amor es ajeno a lo pequeño. Al contrario, lo que predomina en el amor es lo pequeño, lo cotidiano, lo aparentemente insignificante. Quienes mejor entienden y viven esto son los pobres y sencillos.

La religión de la ley no genera corazones libres, sino pusilánimes; como el del siervo de la parábola que enterró su talento hasta la vuelta del amo. La religión de la ley no genera corazones abiertos y entregados a los otros, sino corazones tan preocupados consigo mismos que no tienen tiempo para los demás. La religión de la ley no entiende que la misericordia sea más importante que el sacrificio.

Es cierto que la Ley y los Profetas son revelación de Dios, pero no son revelación definitiva. Para entenderlos en su justo valor hay que mirarlos desde la luz de Jesús. Como hace el antiguo fariseo, Pablo: Entonces, ¿por la fe privamos a la Ley de su valor? ¡De ningún modo! Más bien la consolidamos (Rm 3, 31). El que ama al prójimo ha cumplido la Ley. La caridad es la Ley en su plenitud (Rm 13, 8-10).

 
 
 

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