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09/08/2022 Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Mt 25, 1-13)

  • 8 ago 2022
  • 2 Min. de lectura

Edith Stain nació en 1891 en una familia alemana judía. Abandonó la religión judía pero buscó a Dios sin descanso. No lo encontró en la filosofía (fue la primera mujer en obtener el doctorado en filosofía); lo encontró en la lectura de santa Teresa. Se bautizó y profesó como carmelita descalza. Murió en el campo de concentración de Auschwitz el 9 de agosto de 1942.

Las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas.

Teresa Benedicta fue una de las prudentes. Nunca le faltó el aceite de la fe y de la esperanza. Tampoco cuando era conducida al campo de concentración. Sabía que allí iba a encontrar a quien tanto había buscado y a quien había entregado su vida. Sabía también que ese venturoso encuentro tendría lugar durante la noche: A media noche se oyó un grito: ¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!

A Teresa Benedicta la noche le sobrevino en forma de las brutales condiciones del campo de concentración y de la cámara de gas. A otros, la noche se presenta en forma de las limitaciones de la edad, o de circunstancias y personas difíciles de soportar.

Todas las muchachas se despertaron y se pusieron a preparar sus lámparas.

Durante la ausencia, el amor se hace esperanza. Es una espera que puede hacerse larga, muy larga. Pero quien bien ama, bien espera; y sabe proveerse de lo necesario para estar preparado en todo momento. A veces nos adormentaremos; pero, como esos animales que parecen dormir con un ojo abierto, nos mantendremos siempre alerta.

La parábola no es precisamente un retrato heroico de la espera. Podría haber dibujado una espera más perfecta, siempre despierta. Jesús prefiere conceder espacio a la fragilidad y al poder que sobre nosotros ejercen la monotonía y la rutina.

 
 
 

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