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24/04/2026 Viernes 3º de Pascua (Jn 6, 52-59)

  • 23 abr
  • 2 min de lectura

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Lo que Jesús es y dice no es comprensible para muchos; para la mayoría. Así ayer y así hoy. Y así tiene que ser. Lo dice Él mismo: A vosotros se os concede conocer los secretos del Reino de los Cielos, pero a ellos no (Mt 13, 11). ¡La lógica divina es tan distinta de la humana! No es que nosotros comprendamos gran cosa de sus palabras, pero las aceptamos, Como Pedro, creemos que tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el santo de Dios (Jn 6, 68-69).

Quizá lo menos bueno de nuestra fe sea que, habiéndonos acostumbrado a lo que Jesús dice, sus palabras ya no nos impactan. Deberíamos esforzarnos en recuperar el asombro y el estupor. ¿Cómo? Contemplando en silencio al Jesús del Evangelio y rumiando sus palabras. Quienes tenemos acceso frecuente al cuerpo eucarístico de Jesús, ¿nos damos realmente cuenta de lo que hacemos?

Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

El momento de la comunión eucarística es el momento para vivir con mayor intensidad el agradecimiento, y para calar más hondo en la gozosa realidad de la gratuidad. Es el momento para recuperar el servicio desinteresado, sin esperar contraprestaciones. Un autor actual escribe: La eucaristía, vivida como memorial de la muerte de Cristo, debe inspirar a cada creyente una actitud samaritana en medio de la pobreza y la miseria existentes en los márgenes de nuestra sociedad opulenta. El Papa Benedicto decía: Alimentados con Cristo, recibimos la misión de ser el alma de nuestra ciudad, fermento de renovación, pan partido para todos. Somos testigos de su amor. Que este sea nuestro constante anhelo y compromiso.

 
 
 

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