23/04/2026 Jueves 3º de Pascua (Jn 6, 44-51)
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Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.
No es que el subir al monte de la Transfiguración dependa del discípulo; Él eligió a quienes quiso. Tampoco es que tener fe sea una conquista, o que la tengamos por el hecho de haber nacido en un país de cristiandad. El acceso al Padre y a Jesús es don personal. ¡Cosas de Dios! Bien lo dice el salmo: En vano os levantáis temprano y retrasáis el descanso, los que coméis un pan de fatigas; ¡si se lo da a sus amigos mientras duermen! (Salmo 127, 2).
Así se lo dijo Jesús a Pedro: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo! (Mt 16, 17). San Pablo dice de sí mismo: Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo… (Gal 1, 15).
¿Se nos ha dado entender y vivir esto? Entonces se nos ha dado entrar en el Reino de Dios; se nos ha dado salir de nosotros mismos, y disponer de libertad para vivir orientados hacia los demás.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne.
Quien coma de este pan, no es lo mismo que quien comulga, sino de quien cree en mí. Si la presencia real de Jesús en la Eucaristía envía a un segundo plano otras presencias reales de Jesús, habremos adulterado la Eucaristía. La fe, comunión con Jesús, se vive a tres bandas: Escritura, Eucaristía, Prójimos.
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