09/08/2026 Domingo 19 (Mt 14, 22-33)
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Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla.
Leemos este relato de la travesía del lago como una parábola de nuestra vida. Jesús obliga a los discípulos; no nos pide permiso para ponernos en la barca de este mundo. Aquí estamos, porque Él así lo ha querido, rumbo a la otra orilla.
La barca estaba ya a buena distancia de la costa, batida por las olas, porque tenía viento contrario.
Los discípulos, solos. Mientras se aferran a los remos y tratan de mantenerse a flote, ven a Jesús que se acerca a ellos caminando sobre el lago. Pero no le reconocen porque el miedo nubla sus ojos; y gritan: ¡Es un fantasma! Y Jesús:
¡Ánimo!, soy yo; no temáis.
¿Qué hacer cuando nos vemos sacudidos por la tormenta? Activar el mecanismo interior que haga resonar con fuerza en nuestro interior las palabras de Jesús: ¡Ánimo!, soy yo; no temáis. Y entonces todo se apacigua. Incluso Pedro se atreve a caminar sobre las aguas, animado por el Señor. Pero…
Viendo la violencia del viento le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame!
Pedro retrata bien las luces y sombras de nuestra fe. Es bueno contemplar a Pedro caminando sobre el agua. Camina bien mientras tiene los ojos puestos en el Señor; se hunde cuando otras cosas atraen su atención.
El Papa Francisco comenta: El miedo excesivo es una actitud que nos hace daño, nos debilita, nos encoge, nos paraliza. Tanto es así que una persona esclavizada por el miedo no se mueve, no sabe qué hacer; está temerosa, centrada en sí misma, esperando que ocurra algo malo.
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