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09/11/2020 Dedicación de la Basílica de Letrán (Jn 2, 13-22)

  • 8 nov 2020
  • 1 min de lectura

A comienzos del siglo IV, cuando el cristianismo pasó a ser la religión del imperio romano, fue construida la catedral de Roma, San Juan de Letrán. La celebración de hoy reafirma la unidad en la misma fe: la fe del apóstol Pedro.

Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del templo.

Jesús está enfurecido. Detesta que se haga de la casa del Padre un mercado. La contemplación superficial de este Jesús, armado de látigo, podría llevarnos a justificar la violencia hacia quienes ofenden a Dios o a su Iglesia. Pero una contemplación más penetrante nos llevará a justificar, como dice Jesús, la violencia hacia nosotros mismos: El Reino de Dios sufre violencia y los violentos lo arrebatan (Mt 11, 12). Porque muy grande es la violencia que hay que ejercer contra uno mismo. Más allá de penitencias y mortificaciones, estamos llamados a olvidarnos de lo nuestro: Misericordia quiero, que no sacrificio (Mt 9, 13).

¿Qué signo nos muestras para obrar así?

Él tan encendido y violento; ellos tan comedidos y calculadores. Por otra parte, Él tan proclive a la comprensión y el perdón; ellos tan rígidos en sus posturas. Decía san Ambrosio: Donde hay misericordia está el Espíritu del Señor, donde hay rigidez están solo sus ministros. El espíritu fariseo, como las piedras, no saben de amores. Y el amor no sabe de cálculos: Nos amó hasta el extremo.

El amor no se compra, no se vende, no se merece; es gratuito. Dios es amor. Por eso la fascinación que ejerce: Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable (Cant 8, 7).

 
 
 

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