10/03/2026 Martes 3º de Cuaresma (Mt 18, 21-35)
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Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?
Pedro cree ponerse a la altura de Jesús ofreciendo perdonar hasta siete veces: muchísimas veces. La respuesta es contundente: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete: siempre.
No es fácil asimilar esta demanda de Jesús. Desde niños hemos visto películas de buenos y malos, y ansiábamos que los buenos hiciesen pagar su merecido a los malos. ¿Nos hemos enterado de lo poco evangélica de esta actitud?
¿Nos hemos enterado de que el perdón, no el pecado, debe ocupar el centro del sacramento de la confesión? ¿Hemos aprendido a vivir este sacramento imbuidos del gozo del padre, mejor que apesadumbrados por la pena del pródigo? Habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse (Lc 15, 7).
Dios no sabe de justicias humanas que pretenden dar a cada uno su merecido. Dios solo sabe de justicia divina que no sabe de méritos y sí de gratuidad. La parábola nos muestra la ruindad humana: un siervo a quien se le perdona una enorme deuda, no es capaz de perdonar una pequeña deuda de su compañero. La parábola quiere decirnos que la relación con los hermanos debe asemejarse a la relación de Dios con nosotros. No hay cosa que nos aleje tanto de Dios como la falta de compasión y de perdón con los hermanos.
Fuera del perdón, dice el Papa Francisco, no hay paz. El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, es el antídoto que cura de los venenos del rencor, es la vía para desactivar la ira y curar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad.
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