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10/04/2022 Domingo de Ramos (Lc 19, 21-40)

  • 9 abr 2022
  • 2 Min. de lectura

En la primera parte de la celebración de este Domingo de Ramos contemplamos la apoteosis humana de la entrada de Jesús en Jerusalén: La multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces… ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!

Sorprende ver que Jesús se presta a ser protagonista de esta escena triunfal; sorprende su decidida determinación de que así sea: Os digo que si estos callan, gritarán las piedras. La escena se parece a la de la Transfiguración. Allí se manifestó brevemente a unos pocos; aquí se manifiesta a una multitud. Nos unimos al entusiasmo de aquella multitud, pero conscientes de nuestra radical incoherencia y fragilidad. Alborotemos menos y pidamos más que el próximo viernes nos mantengamos fieles a los pies de su cruz.

En la segunda parte de la celebración contemplamos la apoteosis divina de la muerte de Jesús: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y, dicho esto, expiró.

En el Crucificado contemplamos la revelación definitiva de Dios. El Dios que es Amor, no puede hacer otra cosa sino amar: amar hasta el extremo. Cuando Jesús dijo que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13), ¿no podía haber añadido también a sus enemigos, a aquellos que le crucificaron y seguimos crucificándole? El poder y la gloria de Dios se ponen de manifiesto en la debilidad, y la luz de Dios en la oscuridad. Si tengo un concepto humanamente sublime de Dios, me será difícil ver la divina sublimidad de la muerte en la cruz. La cruz rompe todos los esquemas de nuestras ideas sobre Dios y sobre los hombres.

Este Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, es un buen momento para recordar la llamada de Jesús: Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Somos cristianos auténticos si estamos dispuestos a compartir el destino del Señor de nuestras vidas.

 
 
 

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