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10/05/2020 Domingo 5º de Pascua (Jn 14, 1-12)

9 may 2020
2 min de lectura

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí.

¡Qué bueno repetir estas palabras una y otra vez, especialmente en los momentos más difíciles! ¡Qué bueno también, mientras las repetimos, dejar volar la imaginación tratando de vislumbrar cómo sería una vida iluminada siempre por estas palabras de Jesús! Sería maravilloso. Una vida rebosante confianza y llena de paz. Incluso las situaciones más penosas las viviríamos con mayor serenidad. Pero, cuidado, no nos engañemos. Porque a todos nos toca vivir circunstancias amargas y difíciles. La fe no nos las ahorra.

Pensemos, por ejemplo, en el fracaso. Importa poco que se trate de un fracaso objetivamente cierto o de un fracaso puramente subjetivo. A Jesús le tocó afrontar todo tipo de fracasos, objetivos y subjetivos: ante sus paisanos de Nazaret, ante las autoridades judías, ante la torpeza de sus discípulos… Por encima de todo, le tocó vivir el supremo fracaso de la cruz. Se sintió totalmente abandonado: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15, 34). Aún echando mano de toda su fe, lo pasó muy muy mal: Mi alma está triste hasta el punto de morir (Mc 14, 34).

También los discípulos vivieron la muerte de Jesús como el mayor fracaso. ¡Quién no sabe de fracasos! Puede que algunos de nosotros, llegados a la etapa de la jubilación, sintamos que nuestra vida ha sido un fracaso. También entonces, y entonces más que nunca, tenemos que repetir una y otra vez las palabras de Jesús: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí.

Podemos reaccionar de distinta maneras ante el fracaso. Una manera es la del caracol que se encierra en su caparazón y prescinde de sus prójimos. Otra manera es la del santo que, desde su fe y con su oración, trata de olvidarse de sus desgracias abriéndose a sus prójimos. Tal como hizo el Señor de nuestras vidas. Se olvidó de sus sufrimientos en la cruz para elevar los ojos al cielo y pedir al Padre: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).

 
 
 

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