11/02/2025 Martes 5º (Mc 7, 1-13)
- Angel Santesteban
- 10 feb
- 2 Min. de lectura
Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
Jesús hace suyas las palabras del profeta Isaías, escritas setecientos años antes, y referidas a un pueblo que se creía cercano a Dios. ¿Seguirán siendo válidas ahora, dos mil años después? Un autor actual dice refiriéndose a personas que se creen cercanas a Dios, pero que tienen el corazón lejos de Él: Hay gente que adora al Sagrado Corazón de Jesús y no cree en Jesucristo. No cree que Cristo es su justicia, no cree que su sangre limpia de los pecados; al contrario, adoran al Sagrado Corazón y acumulan toda clase de méritos y obras para hacerse dignos de la salvación. Han convertido a Jesús en devoción. Su pecado es la incredulidad, la idolatría de la devoción.
A lo largo de la historia hemos acumulado preceptos y devociones, hasta olvidar lo esencial. Esto es válido tanto si referido a la historia de la Iglesia como si referido a mi historia personal. Llegamos a olvidar lo esencial. Cuando los judíos preguntan a Jesús qué tienen que hacer, qué es lo esencial, Él responde: Que creáis en quien Él ha enviado (Jn 6, 29).
Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. ¡Qué fácil despersonalizar el cristianismo! Lo hacemos cuando nos preguntamos por lo lícito o lo ilícito, por lo válido o lo inválido; siempre con las normas como punto de referencia, en lugar de vivir a la luz de Jesús y de su Evangelio. Lo hacemos cuando anteponemos normas y tradiciones al mandamiento del amor.
Su corazón está lejos de mí. Para Jesús la cosa consiste en que el corazón humano esté cerca de Él, familiarizado y en sintonía con su Palabra.
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