Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en los cielos.
Padre nuestro. Santa Teresa, embelesada ante la palabra Padre, dice: ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo nos dais tanto con la primera palabra? ¿Cómo nos dais en nombre de vuestro Padre todo lo que se puede dar, pues queréis que nos tenga por hijos, que vuestra palabra no puede faltar? Le obligáis a que la cumpla, que no es pequeña carga, pues en siendo Padre nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas.
El Dios de Jesús es Padre y Madre. San Juan de la Cruz, que asimiló bien esta enseñanza fundamental de Jesús, dice: No hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo… Está tan solícito de regalar al alma, como si Él fuese su esclavo y ella su Dios. Está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos.
Si Dios quiere ser llamado Padre, es que tenemos un gran valor para Él. Si Dios quiere ser llamado Padre, es que debemos atrevernos a dirigirnos a Él con franqueza.
Nuestro pan cotidiano dánosle hoy, y perdónanos como nosotros perdonamos.
Para Jesús, las cosas indispensables para vivir bien son dos: el pan y el perdón. No es posible disfrutar de la vida, como Él desea, sin una buena armonía con Dios, con los demás y conmigo mismo. El perdón es tan necesario como el pan; el mejor de los panes es la paz interior. Estamos pidiendo que nos Dios nos haga capaces de perdonar sin esperar que el otro cambie, aunque no podamos olvidar el daño sufrido. Sin el pan cotidiano del perdón, la vida se convierte en un infierno.
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