11/03/2026 Miércoles 3º de Cuaresma (Mt 5, 17-19)
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No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Mateo escribe para cristianos procedentes del judaísmo. La ley de Moisés era de gran importancia. Ahora, con la llegada del Mesías, debe ser relativizada. Jesús no vino a destruirla, pero tampoco a consagrarla como intangible. San Pablo, que antes que cristiano fue fariseo, lo entendió bien: La ley sirvió de acompañante para conducirnos a Cristo y alcanzar la salvación por medio de la fe en Él. Pero al llegar la fe, ya no necesitamos acompañante (Ga 3, 24-25).
El corazón de piedra debe transformarse en corazón de carne. Las tinajas de piedra de Caná, duras, frías y vacías, deben llenarse del mejor de los vinos. Los cristianos leemos los libros del Antiguo Testamento desde la novedad absoluta de Jesús que da cumplimiento a la ley de Moisés con su nuevo mandamiento: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Jn 13, 34). Y Pablo concluye: Toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Ga 5, 14). El amor es el la ley en su plenitud (Rm 13, 10).
Existen entre nosotros personas de mayor o menor seguridad interior. Las de menor seguridad necesitan más apoyarse en leyes y estructuras; las de mayor seguridad pueden permitirse ser más liberales. Pero todos debemos esforzarnos en vivirlo todo en Él, por Él y para Él. Una vez establecidos en esa órbita, Él no dejará de ampliarnos horizontes. Su lógica, como dice el Papa Francisco, es la lógica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad.
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