12/02/2025 Miércoles 5º (Mc 7, 14-23)
- Angel Santesteban
- 11 feb
- 2 Min. de lectura
Llamando de nuevo a la gente, les dijo: Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle.
La gente no le entiende. La suya es una vida que se ajusta escrupulosamente a unos códigos de conducta bien definidos por siglos de tradición. Lo suyo es más cultura que religión. Lo había denunciado Jesús poco antes citando a Isaías: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí (Mc 7, 6).
Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.
Ahora no habla con la gente sino con los discípulos. También a ellos les cuesta entender: ¿Conque también vosotros seguís sin entender? Cuesta abandonar la exterioridad para adentrarse en la interioridad. Cuesta abandonar los campos claramente definidos de lo sagrado y lo profano, de lo bueno y lo malo. Cuesta asumir que Dios lo ha hecho todo bueno y que todo es sagrado.
¿Por qué continuamos convirtiendo la religión en cultura, también entre cristianos? Porque códigos de conducta y prácticas de piedad comprometen menos que el verdadero seguimiento de Jesús. Se trata, en el fondo, de la tentación de fariseísmo siempre presente en el mundo religioso. El fariseísmo es un peligro permanente que amenaza a todo espíritu religioso cuando condiciona la búsqueda de Dios a la práctica de la ley.
Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.
Jesús no distingue entre puro e impuro, se trate de comida, de cosas o de personas. Para Él no existe una historia sagrada y otra profana. Ni unos espacios sagrados y otros profanos. Ni unas cosas en las que Dios está ausente y otras cosas en las que Dios está presente. Todo es santo porque Dios lo llena todo. También la persona del pecador.
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