12/02/2026 Jueves 5º (Mc 7, 24-30)
- Angel Santesteban

- hace 3 horas
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Una mujer que tenía a su hija poseída por un espíritu inmundo se enteró de su llegada, acudió y se postró a sus pies. La mujer era pagana.
Estamos en territorio pagano, en la región de Tiro. Jesús se ha retirado para descansar: quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido. La mujer le pedía que expulsase de su hija al demonio. ¿De dónde esa fe? Bien dice Jesús que el viento sopla donde quiere (Jn 3, 8). Sorprende que los personajes evangélicos de mayor fe sean paganos. Hoy, la mujer cananea; otro día, el centurión romano (Mt 8, 5).
Ella, postrada a los pies de Jesús, le llama Señor: Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños. En ninguna otra ocasión encontramos, en el Evangelio de Marcos, a alguien que se dirija a Jesús con éste, el más divino de los títulos. La fe de esta mujer tiene poco que ver con la moralidad de su vida. ¿Quizá era madre soltera? Eso no afecta a Jesús; le afecta, y mucho, su fe: Por eso que has dicho puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija.
¿Hasta qué punto me identifico con esta mujer, con su manera de sentir como propios los demonios de los prójimos? ¿Hasta qué punto comparto esa fe profunda en Jesús?
Pero fijémonos un momento en Jesús. De primeras se muestra poco amable: Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Pero la fe y la insistencia de la mujer le desarman. El episodio nos remite a Caná; también allí Jesús cedió de buena gana ante la fe y la insistencia de su madre.
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