12/08/2026 Miércoles 19 (Mt 18, 15-20)
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Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas.
Una buena convivencia es lo más hermoso y lo más delicado de la vida de todo ser humano, casado o célibe. Jesús nos ofrece pautas para una buena convivencia. La primera de ellas, la corrección fraterna. Precisamente la más delicada de todas. ¡Es tan fácil herir con la palabra! ¡Es tan fácil buscar el bien propio en lugar del bien ajeno! La corrección fraterna resulta más sencilla si nos centramos en el diálogo de actitudes, sin palabras. Más aún, si nos dejamos iluminar por la última frase del Evangelio de hoy: Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.
Allí estoy yo. San Pedro nos dice: Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros (1 P 5, 7). Así todo resulta sencillo. Así, cuando una situación, o un hermano, se nos hacen insoportables, es hora de acudir a quien está en medio de nosotros. Su presencia tiene tantos rostros como hermanos. A veces puedo encontrarme muy a gusto con su presencia personal en mi interior, pero muy incómodo con su presencia en el hermano. Santa Teresita escribe: Este año Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad. Es cierto que también antes la comprendía, pero de manera imperfecta… Yo me dedicaba a amar a Dios. Ahora, meditando unas palabras de Jesús, he comprendido lo imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como las ama Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar.
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