13/02/2025 Jueves 5º (Mc 7, 24-30)
- Angel Santesteban
- 12 feb
- 2 Min. de lectura
La mujer era griega, una fenicia de Siria.
A nosotros se nos permite especular con la idea de que esta mujer no era un dechado de virtud. ¿Porque, por ejemplo, por qué no, como en el caso de Jairo, no es el padre de la niña quien acude a Jesús? ¿Estamos ante una madre soltera? Jesús no se permite especular; no se interesa por posibles irregularidades en la vida de la mujer.
Cada uno de nosotros, dice el Papa Francisco, tiene su propia historia y no siempre es una historia limpia. Esto es lo que nos enseña esta mujer: la valentía de llevar la propia historia de dolor delante de Dios, delante de Jesús.
Muy valiente y muy decidida la mujer. Jesús la humilla: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Son palabras duras; como para levantarse despechada y mandar a paseo a Jesús. Pero no; sobreponiéndose a su orgullo, contesta sin remilgos: Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.
Esta mujer nos enseña a ser valientes, audaces, insolentes incluso, para presentarnos ante el Señor; exactamente como los niños ante papá o mamá.
Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija.
Jesús queda desarmado ante la fe y la audacia de la mujer; encantado de haber perdido la pelea. Como la que perdió con su madre en Caná.
Esta mujer es un excelente ejemplo de la fuerza de la fe. Coge a Cristo en su palabra, desairada, y hace de esa dura palabra una consoladora inversión, dando un golpe maestro y haciendo a Cristo prisionero de su misma palabra (Lutero).
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