13/08/2026 Jueves 19 (Mt 18, 21 - 19, 1)
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Así os tratará mi Padre del cielo si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano.
Las palabras de Jesús para una buena convivencia apuntaban ayer a la corrección fraterna y a la oración; hoy se centra en el perdón. Es el sello que nos identifica como cristianos. Así nos hace decir en el Padrenuestro: Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Así os tratará mi Padre. Así concluye la parábola del siervo perdonado que no perdonó, con la que Jesús respondía a la pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Entendería Pedro, lo entendemos todos, que el perdón no puede ser un acto heroico aislado? ¿Entendería Pedro, lo entendemos todos, que el perdón es lo normal en la vida del seguidor de Jesús?
El perdón, esencial para la paz, hace más bien al perdonador que al perdonado. Perdonando, nos descontaminamos y nos purificamos de lo que se opone al bienestar, a la paz interior. Claro que, aunque tengamos esto claro, somos capaces de justificar el distanciamiento respecto al otro. Apelamos, por ejemplo, a la propia dignidad; o nos convencemos de que perdonando siempre favorecemos la maldad ajena. A veces, decidiremos que sí, que estamos dispuestos a perdonar, pero que corresponde al otro dar el primer paso. Y nos convencemos de tener la conciencia tranquila.
San Pablo, antiguo fariseo, entendió y vivió el perdón. Nos dice: Como elegidos de Dios, consagrados y amados, revestíos de compasión entrañable, amabilidad, humildad, modestia, paciencia; soportaos mutuamente; perdonaos si alguien tiene queja de otro; como el Señor los ha perdonado, así también haced vosotros. Y por encima de todo, el amor, que es el broche de la perfección (Col 3, 12-14).
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