14/04/2020 Martes en la Octava de Pascua (Jn 20, 11-18)
- 13 abr 2020
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Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando.
¡Quería tanto a Jesús! ¡Le debía tanto! Nada menos que siete demonios habían salido de ella (Lc 8, 2). Jesús había transformado su calamitosa vida en una vida de plenitud. Ahora, la muerte de su Jesús ha sido un golpe fatídico; no sabe sino llorar. Las palabras del Cántico Espiritual de Juan de la Cruz podrían ser suyas: ¿Adónde te escondiste, - Amado, y me dejaste con gemido? – Como el ciervo huiste, - habiéndome herido; - salí tras ti clamando, y eras ido.
Los otros discípulos se fueron. Ella persevera junto al sepulcro. Es la primera en recibir la experiencia del Resucitado. Está tan enferma de amor que cree a todos enfermos como ella. A quien cree hortelano le dice: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.
Le dice Jesús: Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.
¡María Magdalena está tan enamorada de Jesús! Pero es un amor que necesita purificación. Las lágrimas le impiden reconocer a Jesús. Vive aferrada al pasado; un pasado hermoso que ahora le imposibilita abrirse a la novedad de Dios. El Papa Francisco comenta: Una dificultad para captar las huellas del Resucitado en la vida, como le pasó a María Magdalena, es la nostalgia: buscar en un pasado irrepetible la respuesta al presente. La nostalgia nos lleva a fijarnos y aferrarnos en lo que ya ha quedado atrás, a anclarnos en el cualquier tiempo pasado fue mejor. Nos impide afrontar el presente y descubrir la novedad de Dios que acontece en el presente.
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