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14/06/2020 Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Jn 6, 51-58)

  • 13 jun 2020
  • 2 Min. de lectura

Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

No es extraño que muchos de sus discípulos encontrasen inaceptables estas palabras y le abandonasen. Lo realmente sorprendente es que algunos de ellos continuasen con Él. Pedro proclamará: Señor, ¿a quién vamos a ir?... Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios. Pero tampoco Pedro puede presumir de entender y aceptar a Jesús. Llegado el momento del lavatorio de los pies hará lo posible por devolver a Jesús al lugar que le corresponde. No está de acuerdo con ese despojarse de su rango y tomar la condición de esclavo y pasar por uno de tantos (Flp 2, 7).

Con la actitud de Pedro se ha llegado a convertir la Eucaristía casi en una ópera. Con la actitud de Pedro llegamos a descarnalizar la Eucaristía, poniendo al Señor en un elevado pedestal rodeado de ángeles.

Antes de recibir la comunión repetimos las palabras del centurión: Señor, no soy digno… Basta que lo digas de palabra (Mt 8, 8). A Jesús le encantó la fe del centurión. Pero, ¿no habría sido mejor si hubiese añadido: Pero ven, Señor; será un gran honor y una gran alegría recibirte en mi casa?

Celebramos la fiesta del Corpus; la fiesta del Cuerpo. La religión de Jesús es de carne y de sangre. Visible, tangible, vulnerable. Así la Encarnación, así la Eucaristía: tomad y comed. Dios viene a nosotros a través de los sentidos. Se da a sí mismo, no como premio merecido, sino como regalo gratuito. Celebramos la fiesta del Amor hecho sacramento. Sentémonos cómodos en nuestra silla y permitámosle lavarnos los pies.

No está permitido vivir la Eucaristía en clave individual e intimista. La Eucaristía, vivida como memorial de la muerte de Cristo, como recuerdo del Crucificado, debe inspirar a cada creyente una actitud samaritana en medio de la pobreza y la miseria existente en nuestro entorno y en los márgenes de la sociedad. Debe conducirnos a la com-pasión, a la generosidad y al perdón.

 
 
 

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