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14/07/2020 Martes 15 (Mt 11, 20-24)

Entonces se puso a recriminar a las ciudades donde había realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido.

Son tres las poblaciones mencionadas: Corazín, Betsaida y Cafarnaún. Sus habitantes se consideraban gente de bien, piadosos, pacíficos. Habían escuchado con gusto a Jesús y habían admirado sus milagros. Pero nada cambió en sus vidas. Nos recuerdan la parábola del sembrador y aquellas semillas que cayeron entre abrojos: crecieron los abrojos y las ahogaron (Mt 13, 7).

No hay abrojo más taimado que el inmovilismo; se opone sutil pero tajantemente al seguimiento. El inmovilista se instala; olvida seguir a quien se definió a sí mismo como EL CAMINO: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20). Quien se detiene deja de caminar y ya no está con Él. El abrojo del inmovilismo no llama la atención ni escandaliza. No aparenta ser mala hierba. ¿No seré yo mismo presa del inmovilismo? Si así es, adopto como punto de referencia de mi vida presente las vivencias del pasado, y amarro mi vida a algo que fue bueno ayer pero que hoy ya no lo es. En el fondo se trata, como sucedió al tercero de los siervos de la parábola de los talentos, del miedo al riesgo ante lo nuevo y desconocido. Además, si soy inmovilista, bajo mis apariencias de pacifismo esconderé actitudes de intransigencia hacia quienes se salen de las normas.

Jesús experimentó en propia carne el rechazo a su mensaje. Aprendió a afrontar sus fracasos y frustraciones y el primer paso para ello fue nombrarlos. Jesús libera su frustración ante la cerrazón de aquella gente, a la vez que intenta hacerles conscientes de su error y sus consecuencias (Papa Francisco).

© 2019 Carmelitas Descalzos de la Provincia de San Joaquín de Navarra

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