14/08/2026 San Maximiliano María Kolbe (Mt 19, 3-12)
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De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.
La indisolubilidad del matrimonio cristiano no puede ser entendida por los no creyentes. Pablo nos lo explica así: Como la Iglesia se somete a Cristo, así las mujeres a los maridos en todo. Maridos, amad a vuestra mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella (Ef 5, 24-25).
Pablo ve el misterio de amor entre Cristo y la Iglesia simbolizado en la unión entre esposo y esposa. No que el amor entre Cristo y la Iglesia reflejen el amor conyugal, sino que el amor conyugal es símbolo y presencia sacramental del amor entre Cristo y su Iglesia. Quien, por la fe, ha entrado a formar parte de la dinámica del Reino, tiene una forma nueva de entender y vivir el matrimonio.
Jesús recurre a los orígenes de la creación: Creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó… El hombre dejará padre y madre y se unirá a su mujer y los dos se harán una sola carne (Gn 1, 27 y 2, 24). Así que lo que Dios unió no lo separe el hombre. Estas cosas no pueden ser entendidas fuera de la radicalidad que Jesús exige a sus discípulos. Sería un despropósito imponerlas a quienes no siguen este camino.
Jesús, decía el Papa Francisco, es capaz de decir esta verdad tan grande y, al mismo tiempo, ser tan comprensivo con los pecadores, con los débiles… Nosotros debemos caminar con estas dos cosas que Jesús nos enseña: la verdad y la comprensión.
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