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15/01/2025 Miércoles 1º (Mc 1, 40-45)

  • Foto del escritor: Angel Santesteban
    Angel Santesteban
  • 14 ene
  • 2 Min. de lectura

Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó.

A Jesús se le contempla con los ojos, con los oídos y con el corazón. Así entendemos su lenguaje vital, su lenguaje vocal, su lenguaje corporal. Porque la elocuencia de Jesús se expresa también con dedos y manos: toca los ojos de los ciegos, impone las manos a los niños, agarra a Pedro que se hunde, levanta del lecho de muerte a la hija de Jairo… Hoy es el turno de la suegra de Pedro: Jesús la toma de la mano y la fiebre desaparece.

Las manos de Jesús. Son como las de papá y mamá que caminan con su niño bien agarrado a sus manos. A veces el niño se suelta. Pero en cualquier momento, y sin dejar de mirar lo que le tiene absorto, alzará su mano y encontrará las manos de papá y mamá. ¡No faltaba más!

Le trajeron todos los enfermos y endemoniados.

Es frecuente ver a Jesús rodeado de las más repulsivas miserias humanas. Ante tan triste situación de tantas personas será bueno preguntarse hasta qué punto los humanos somos responsables de lo que somos o hacemos. Somos propensos a culpabilizar. Jesús, no va por ahí. Le afecta el sufrimiento de una persona, no su posible culpabilidad. Porque no ha venido para condenar, sino para salvar. Ha venido para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Es bueno ser profundamente consciente de que mi cercanía a Jesús es fuente de salud y bienestar; para mí y para otros. Es bueno saber que la fe en Jesús es, como dice un autor actual, el mejor estímulo y la mayor fuerza para vivir de manera más sana, con sentido y esperanza.

 
 
 

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