15/01/2026 Jueves 1º (Mc 1, 40-45)
- Angel Santesteban

- hace 32 minutos
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Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: Si quieres, puedes limpiarme.
El leproso estaba estigmatizado, excluido de la sociedad: El afectado por la lepra llevará desgreñada la cabeza… Es impuro y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada (Lev 13, 45-46). Pero este leproso se acerca; y también Jesús. En este episodio, dice el Papa Francisco, vemos dos transgresiones, la del leproso que se acerca a Jesús y no debía hacerlo, y la de Jesús que, movido por la compasión, se acerca y lo toca con ternura para curarlo y tampoco debía hacerlo.
¡Cuánto nos gustan los muros! Jesús ha venido a derrumbarlos. Tanto los muros entre hombres, como los muros entre los hombres y Dios. No teme que el mal contagie al bien. Al contrario, Jesús está convencido de que la más poderosa fuerza de contagio es la del bien.
De todos modos, el leproso sabe mantener la mesura: Si quieres. Como persona de fe sólida, es osado y es humilde.
Mira, no digas nada a nadie sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés.
No pide lealtad hacia su persona. No crea lazos. Le pide silencio. El leproso no obedece; piensa que hace algo que agrada a Jesús. Es frecuente, entre hombres y mujeres de Dios, perder el rumbo dejándose llevar por impulsos que creen divinos. Es frecuente perder la capacidad para escuchar y para obedecer.
Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público.
La inclusión del leproso le cuesta a Jesús la exclusión. Sucede también hoy, cuando nos ponemos de parte de los marginados.
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