15/10/2026 Santa Teresa de Jesús (Jn 4, 5-15a)
Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva.
Si conocieras el don de Dios. Poco antes, Jesús ha dicho a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito (Jn 3, 16). La Samaritana tiene el don de Dios ante sus ojos. Pero le cuesta reconocerlo en una persona de carne y hueso. Son pocos los agraciados con el descubrimiento del tesoro escondido. San Pablo es uno de ellos: Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor (Flp 3, 8). También a santa Teresa se le dio descubrir el don de Dios que esconde aquellas cosas mayores que Jesús prometió a Natanael (Jn 1, 50). Por eso que santa Teresa siente lástima de quienes se quedan consigo mismos: ¡Oh Señor de mi alma, y quién tuviera palabras para dar a entender qué dais a los que se fían de Vos, y qué pierden los que se quedan consigo mismos!
Si conocieras el don de Dios. Jesús no da explicaciones a la mujer Samaritana sobre el don de Dios. ¿Qué podría haberle dicho? Podría haberle dicho, por ejemplo, que ese don de Dios esconde el secreto de una vida de plenitud; una vida nueva que le haría olvidar su turbulento pasado y su irrelevante presente representado en el cántaro que olvida junto al pozo.
Si conocieras el don de Dios. Dejemos que Teresa nos dibuje el don de Dios tal como ella lo disfrutó: Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen. Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; Él ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Es gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano.
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