16/03/2022 Miércoles 2º de Cuaresma (Mt 20, 17-28)
- 15 mar 2022
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Mirad, subimos a Jerusalén y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos para que lo afrenten, lo azoten y lo crucifiquen. Al tercer día resucitará.
Es el tercer anuncio de la Pasión. Camina hacia Jerusalén acompañado de mucha gente. Para evitar distracciones y que le entiendan bien, tomó aparte a los Doce y les volvió a repetir lo que iba a suceder en Jerusalén. ¿Lo habrán entendido?
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró como para pedirle algo.
Salomé pide para sus hijos los puestos más prestigiosos en el inminente reino de Jesús. En Salomé vemos lo que todos llevamos dentro. También ella, una discípula muy fiel y que estará al pie de la cruz, alberga ansias de gratificación. En ella conviven, como el trigo y la cizaña, la entrega y la mundanidad. Evidentemente, ni ella ni ellos han entendido a Jesús. Consideran sus palabras una extravagancia. Imaginan que Jesús está meditando el reparto de las carteras ministeriales. Todos. De hecho, cuando los otros diez se enteran de la treta de los Zebedeos, se indignaron contra los dos hermanos. El ansia de poder y grandeza anida en todos.
Es bueno que los Evangelistas no tengan reparo en señalar la distancia entre Jesús y los discípulos. Como es bueno que nos muestren a un Jesús tan paciente con ellos: Les llamó y les dijo: El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro servidor. Él nos comprende. No se asusta si después de tantos años la mundanidad continúa viva en nosotros. La cosa es que siempre estemos dispuestos a comenzar de nuevo. Siempre. Sin desfallecer.
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