16/04/2020 Jueves de la Octava de Pascua (Lc 24, 35-48)
- 15 abr 2020
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Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos.
Estaban hablando de estas cosas. Por una parte, los dos de Emaús que cuentan su experiencia; por otra parte, los Once que dicen que Simón ha visto a Jesús. Todos muy alterados. ¿Será posible?
Los de Emaús habían reconocido a Jesús en la fracción del pan. Ahora, a los Once, Jesús les va a convencer con otra señal o señales: las de su pasión y cruz en manos, pies y costado.
Pero Él les dijo: ¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo.
Les dijo. Lo hace en medio de todos ellos. La confirmación de la experiencia personal del Resucitado tiene lugar en el seno de la comunidad. Porque toda comunicación del Espíritu tiene su dimensión comunitaria y misionera; de no ser así, no es cosa del Espíritu de Jesús.
Paz a vosotros. ¿Por qué os turbáis? Dice el Papa Francisco que lo contrario al miedo no es la valentía sino la fe. Y que la experiencia del Resucitado nos lleva a ser testigos de ello en nuestros contextos. Testigos valientes y atrevidos.
Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
Jesús está muy empeñado en que los discípulos no separemos al Resucitado del Crucificado. Es distinto pero es el mismo. Aunque nos cueste reconocerle, el Resucitado es el mismo que murió en la cruz. Y ese ignominioso pasado nunca debe ser olvidado. Al contrario, ese pasado nos muestra el camino del seguimiento. Por eso nos dice a todos: Id a Galilea. Allí me veréis. El Jesús de la historia y el Señor de la gloria son una única persona.
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