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16/06/2020 Martes 11 (Mt 5, 43-48)

  • 15 jun 2020
  • 2 min de lectura

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen.

En el Padrenuestro nos comprometemos a obedecer este mandato del Señor: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Una persona que se dice cristiana comienza a asimilar el Evangelio cuando se apodera de ella el desasosiego ante situaciones de desafecto con sus prójimos, y hace del perdón la norma deseada de su vida. Si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

El perdón es el corazón del Evangelio por ser la expresión más fuerte del amor. Dios-Padre es amor; Dios-Padre, que hace salir su sol sobre malos y buenos. Y estamos llamados a ser como Dios-Padre: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 36). La estampa más dramática del Dios-misericordia la tenemos en el Crucificado que pide al Padre el perdón para sus verdugos.

Quienes seguimos a Jesús hemos de aprender a vivir las tensiones de la convivencia, igual que las debilidades personales, como lugares donde la fuerza de Dios se ponga más claramente de manifiesto entre nosotros.

Hay circunstancias límite en las que el perdón parece imposible, antinatural, irrazonable. Pero la fe nos sitúa por encima de lo imposible, de lo natural, de lo razonable; nos sitúa en la órbita del Dios-misericordia, y hace que nada ni nadie pueda separarnos de su amor. Es la fe llevada a sus últimas consecuencias. Y sucede que, como dice Pablo, en todo, también en situaciones límite de aversión, vencemos de sobra gracias al que nos amó (Rm 8, 37).

 
 
 

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