16/06/2026 Martes 11 (Mt 5, 43-48)
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Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.
Amad a vuestros enemigos. Suena utópico…, si identificamos el amor con el sentimiento. Parece más factible, aunque siempre complicado, lo de rezad por los que os persiguen. Amamos a nuestros enemigos, y a las personas con las que no congeniamos, si oramos sinceramente por ellas. El amor y el perdón, en el fondo, tienen poco que ver con el sentimiento; es cosa de la voluntad. Lo vemos en el Crucificado: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).
El amor al prójimo del nuevo mandamiento de Jesús no excluye a nadie; debe ser como el amor del Padre que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. El amor al prójimo del nuevo mandamiento de Jesús sigue la norma del como yo os he amado (Jn 13, 34).
La frase final del Evangelio de hoy lo resume todo perfectamente: Sed perfectos como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto.
Es bueno tenerlo siempre claro. Es bueno poner en mi oración nombre y rostro a las personas con las que no me relaciono como debiera. Quizá son personas cercanas; personas a las que, en el fondo, las quiero. Pero ese fondo es demasiado profundo.
El Papa Francisco decía que nos hará bien, hoy, pensar en un enemigo: alguien que nos hace mal o que nos resulta especialmente antipático. Recemos por esa persona. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de amarlo. Porque si la oración mafiosa es: me las pagarás, la oración cristiana es: Señor, dale tu bendición y enséñame a amarle.
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