16/09/2026 Santos Cornelio y Cipriano (Lc 7, 31-35)
¿Con qué compararé a los hombres de esta generación?... Son como niños sentados en la plaza… Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas y no habéis llorado.
Como niños: como niños antojadizos que rechazan los juegos que Dios les propone. Primero rechazaron al Bautista que no comía pan ni bebía vino, y dicen: está endemoniado. Luego rechazan la liberalidad del Hijo del Hombre que come y bebe, y decís: ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores. A pesar de todo, el designio de Dios se realiza.
La tentación de criticar y relativizar lo que otros hacen es frecuente entre personas religiosas; se trata de una refinada manifestación del orgullo. San Pablo nos lo advierte: Nada hagáis por ambición o vanagloria, antes con humildad tened a los otros por mejores (Flp 2, 3).
Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos.
Jesús se identifica con la Sabiduría: La reina del Mediodía vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón (Lc 11, 31). Los creyentes nos identificamos con los hijos de la Sabiduría. Porque reconocemos las obras de Dios. Porque aceptamos la realidad tal cual es y no como nos gustaría que fuera. Así, viviendo la desposesión y el no-control y la dependencia del Padre, así es cómo disfrutamos de la gloriosa libertad de los hijos de Dios y vivimos abiertos al encuentro con los hermanos.
Contemplamos a este Jesús desencantado con aquella religiosidad cerrada a la novedad. Y nos preguntamos cuánto vivimos e irradiamos negatividad y mal ambiente, o cuánto vivimos e irradiamos positividad y buen rollo.
Comentarios