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16/10/2025 Jueves 28 (Lc 11, 47-54)

  • 15 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que imponéis a los hombres cargas insoportables mientras vosotros no arrimáis un dedo a las cargas!

Los maestros de la ley se sienten incómodos ante Jesús. Le ven excesivamente permisivo e indulgente con la gente. Debería ser más serio, más exigente; como ellos. Llegarán a decir: Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores (Mt 11, 19).

Ellos, los maestros de la ley, están profundamente convencidos de lo correcto de su religiosidad. Tan profundamente convencidos que viven enjaulados por un concepto estrecho de Dios. Identifican a Dios con la ley, no con la misericordia. Y con la ley en la mano son capaces de matar creyendo hacer un servicio a Dios. ¡A tanto puede llegar la necedad de los hombres cuando revestida de piedad religiosa!

¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido!

El Evangelista transcribe estas palabras de Jesús cuarenta años después de su muerte y resurrección. La seriedad y formalidad de la religiosidad farisea continuaba seduciendo a los primeros cristianos. Y continúa hoy ejerciendo ese poder de seducción. En el fondo se trata de una adaptación de la religión menos confesada y más practicada de los humanos: la egolatría. ¡Cuesta tanto desprenderse de uno mismo! ¡Cuesta tanto dejar la batuta de la vida en las manos del Señor! ¡Cuesta tanto aceptar que sin Él no podemos hacer nada!

María de Nazaret nos anima a intentarlo un día sí y otros también haciendo nuestras las palabras de su Magnificat: Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava.

 
 
 

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