17/01/2026 San Antonio, abad (Mc 2, 13-17)
- Angel Santesteban

- hace 5 horas
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Salió de nuevo por la orilla del lago.
Hermosa estampa. No vemos a Jesús presa de ansiedades o prisas. Se lo toma todo con mucha calma, tanto en su paseo mañanero por la orilla del lago como cuando, más tarde, esté sentado a la mesa en casa de Leví. Vive lo que predica: No andéis preocupados (Mt 6, 34). Pedro, que acompañaba a Jesús y que aprendió de Él a vivir tranquilo, nos dice: Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros (1 P 5, 7).
Los escribas de los fariseos decían a los discípulos: ¿Es que come con los publicanos y pecadores?
Jesús ha dicho a Leví: Sígueme. Y la vida de Leví ha dado un vuelco total. Para celebrarlo ha invitado a un banquete a sus colegas de profesión; Jesús preside la mesa. Pero a los buenos no les parece conveniente que Jesús se mezcle con los malos. Resulta fácil evocar al hermano mayor del pródigo. Es la tentación que a todos nos acecha. Es la tentación del elitismo, de una Iglesia de sacristía, de una Iglesia de buenos. Tentación especialmente seductora porque, con visos de legitimidad, nos excusa de salir a las periferias y mezclarnos con pobrezas malolientes, como hacía Jesús.
No tienen necesidad del médico los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a justos, sino a pecadores.
El Papa Francisco dice: Ninguno de nosotros puede decir: No soy un pecador. Los fariseos lo decían. Jesús los condena. Eran soberbios, altivos, se creían superiores a los demás. En cambio, todos somos pecadores. Es nuestro título y es también la posibilidad de atraer a Jesús a nosotros. Jesús viene a nosotros, viene a mí, porque soy un pecador.
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