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17/02/2025 Lunes 6º (Mc 8, 11-13)

  • Foto del escritor: Angel Santesteban
    Angel Santesteban
  • 16 feb
  • 2 Min. de lectura

Os aseguro que a esta generación no se le dará ninguna señal.

En una ocasión, nos invitó a aprender de Él, el manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Pero Jesús no sufre de buenismo; sabe también decir NO, a veces de forma contundente. Como hoy a los fariseos que le piden una señal del cielo.

Jesús no se altera ante los pecados de los pobres; los que tienen su raíz en la fragilidad humana; al contrario, se muestra siempre comprensivo. Pero no soporta los pecados de los ricos; los que tienen su raíz en la arrogancia de la incredulidad. Una incredulidad que, entendámoslo bien, puede esconderse detrás de piadosas apariencias religiosas. A todos nos cuesta aceptar la superioridad de lo pequeño, de lo sencillo, de lo insignificante.

El verdadero creyente, iluminado por la Palabra de Dios, ni sabe de arrogancias, ni pide señales del cielo. Y sabe descubrir la presencia amorosa de Dios en las más pobres realidades personales o sociales.

El mesianismo fariseo está aureolado de triunfalismo. Cree que, ante una grandiosa exhibición cósmica, hasta los mayores escépticos caerían rendidos a los pies de Jesús. Pero el mesianismo de Jesús no sabe de exhibicionismos. Si Jesús hiciese caso de la exigencia farisea, dejaría de ser Jesús; sería una especie de dictador celestial. El estilo de Jesús aborrece la espectacularidad. La espectacularidad más extraordinaria de Jesús se hará manifiesta en la cruz.

La tentación con la que los fariseos provocan a Jesús es, en el fondo, idéntica a las tentaciones del desierto. Es la misma tentación que se cierne sobre todo ser humano: la tentación del poder, del éxito. Jesús huye de la tentación: Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la orilla opuesta.

 
 
 

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