17/02/2026 Martes 6º (Mc 8, 14-21)
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¿Por qué discutís que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis acaso la mente embotada?
La escena anterior ha concluido con Jesús malhumorado debido a la cerrazón de los fariseos que le pedían una señal del cielo: Dejándolos, se embarcó. Ahora son los discípulos los que añaden leña al fuego de su decepción debido a su incomprensión de lo que han visto: ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?
Han pasado pocas horas desde que Jesús ha alimentado a una multitud con siete panes y unos pocos pececillos, y ahora los discípulos se lamentan de que no tenían más que un pan en la barca. Jesús les invita a reflexionar a partir de lo que han visto. Les invita, nos invita a todos, a ir más allá de lo visible del milagro; a no quedarse en lo superficial de las cosas y de los acontecimientos.
Estad atentos, evitad la levadura de los fariseos y de Herodes.
A quienes seguimos el camino de Jesús nos resulta bastante sencillo detectar, la levadura de Herodes. Se trata de no quedarnos en lo superficial, en los sentidos, en las apariencias, en lo inmediato. Esa fue la levadura que condujo al pródigo por caminos de perdición hasta verse rodeado de cerdos. Menos sencilla de detectar es la levadura de los fariseos. Menos sencillo, porque se camufla con disfraces de celo religioso. Esa fue la levadura del hermano mayor del pródigo, aquel hombre trabajador y responsable que no conoció la alegría del banquete en la casa del Padre.
Jesús teme que sus discípulos adoptemos esos disfraces aparentosos y atractivos que proclaman una perfección que no poseen.
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