17/04/2020 Viernes de la Octava de Pascua (Jn 21, 1-14)
- 16 abr 2020
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Subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Muy cierto, como dijo Jesús, que sin Él no podemos hacer nada. Tan cierto como que con Él lo podemos todo: No podían arrastrar la barca por la abundancia de peces.
Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús.
No se dan cuenta, no nos damos cuenta, pero Jesús sigue siempre de cerca las peripecias de los suyos. Y lo que no conseguimos con nuestros esfuerzos, lo consigue Él. Todo es posible para Él (Lc 1, 37).
¡Es el Señor!
Es el discípulo quien pronuncia estas tres mágicas palabras. Sí, mágicas; lo contienen todo. Contienen fe absoluta en el Crucificado-Resucitado. Contienen adoración y alabanza, porque proclaman su señorío sobre la creación entera, sobre la historia universal, sobre mi vida personal. Su señorío absoluto es el señorío del amor. Nada escapa a su dominio. Si algo escapase al dominio del amor, Dios no sería Dios. El discípulo amado pronuncia las tres palabras mágicas con sosiego, sin alteración de emociones. Las tres palabras son, además, manifestación del sentido de misión del creyente que comunica su experiencia de fe.
El discípulo amado, y todo aquel que proclama con labios y corazón ES EL SEÑOR, hace suyos los versos de san Juan de la Cruz: En la interior bodega – de mi Amado bebí, y cuando salía – por toda aquesta vega, - ya cosa no sabía; - y el ganado perdí que antes seguía.
¡Es el Señor! Como dice Pablo, aquel por quien y para quien todo fue creado (Col 1, 16); aquel en quien reside corporalmente la plenitud de la divinidad (Col 2, 9). Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 11).
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